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20 de diciembre de 2016

El último cigarro

No hay señal. Mi pierna está rota, trato de no mirar el hueso sobresaliendo. Me até como pude con la camisa, pero la sangre sale en grandes cantidades. Es de noche, no hay nadie, sé que voy a morir en cuestión de minutos.

Tendría que haber parado para dormir, tenía mucho sueño, la curva me sorprendió y no recuerdo más. Desperté entre los hierros retorcidos del auto y salí arrastrándome destrozando aún más mi pierna. El dolor era insoportable, no hay grito primal que pueda describirlo, sin embargo, ahora no siento nada, la sensibilidad se ha ido.

En mi mano está el celular, sin señal. Le escribí un mensaje a mi mujer con la esperanza de consolarla. Tal vez lo lea mañana, cuando mi cuerpo sea encontrado, trasladado al pueblo y el teléfono recupere la señal; tal vez el mensaje no llegue nunca y el celular quede perdido entre estos pastos. Lo último que le escribí fue "pase lo que pase, disfruta la vida", pero ahora pienso que fue una mala idea. Verá el mensaje de un fantasma que desde la muerte le dice que lo olvide, que la vida pasa en un segundo y no hay tiempo para mirar atrás. Creo que cometí un error, no debí escribir nada.

Miro alrededor, la noche es oscura, estoy en el medio del campo, no va a pasar nadie, pero aunque pasara un conductor perdido, o una ambulancia yendo al pueblo, no tengo fuerzas para gritar y tanto el auto como yo seremos invisibles hasta que salga el sol, pero no saldrá para mí, saldrá para mis hijos. Iluminará sus caras, sus ojos. Brillarán en la mañana, al mediodía, en la tarde, y luego, cuando las estrellas salgan, levantarán la vista y la luna también los bañará de luz. Es una lástima que no pueda llegar a tiempo para el cumpleaños de Carli, debí salir más temprano, debí haber dormido la noche anterior, debí haber hecho esto, no debí haber hecho lo otro. Ya no vale la pena recordar.

Guardo mi celular en un bolsillo del pantalón, la pierna rota se mueve y aunque no duele, veo todo blanco por un segundo. Saco la caja de cigarros y el encendedor. Queda el último cigarro. Lo estoy fumando. Mi espalda está cómoda, estoy apoyado contra una piedra bastante lisa, escucho grillos y un búho lejano. Respiro, es una hermosa noche. 




22 de octubre de 2016

El tatuaje

No soy. Existo como una forma abstracta, un conjunto de sensaciones, no tengo forma material pero estoy en tu mente.

No soy, pero me conocés como ese dolor asfixiante, ese desarraigo carcelario, esa mordaza maldita que te saca el aliento, la vida.

No soy, aún no soy, pero estoy en una cárcel invisible, que no ha sido dibujada, pero existe. Querés liberarte de mí, soy un peso muerto en tu conciencia.

Todavía no soy, aunque algo esta cambiando. Ya empiezo a ver unas finas lineas ante mi, se dibujan como barrotes de una pequeña jaula de pájaros.

Tiene suaves curvas y delicados puntos aquí y allá, es una jaula ornamental, es la prisión en la que habito desde hace tanto, invisible, y ahora se está manifestando en la realidad.

No soy, existo, como hace tanto, en la jaula que siempre estuvo, siempre me tuvo acorralado, prisionero, pero ahora no solo se está transformando en una forma material: la puerta de la jaula se está dibujando abierta.

Empiezo a ser. Y soy un pájaro, de una raza extraña, una mezcla de ave del paraíso, golondrina y ave fénix. Tomo forma, empiezo a tomar conciencia de mí mismo. Estoy volando.

Soy un pájaro y vuelo, vuelo fuera de la jaula, estoy volando. Ahora sé lo que soy, soy un dibujo.

Soy un dibujo en una piel, soy un tatuaje, soy un símbolo de que ya no existo más. Y sin embargo viviré, mientras viva esta piel que ahora toco, seré libre, seré símbolo de que ya no existo más.



1 de julio de 2016

Sangre seca

Franco era feo, grande y feo. Una bestia de más de dos metros treinta de altura. Tenía más de cuarenta años pero aparentaba sesenta, la vida había sido algo dura con él. Su barba era negra y crespa y aunque le producía comezón, hacía años que la mantenía larga y salvaje. Desde pequeño, y pequeño es un decir, se acostumbró a sufrir, a sentir dolor, a no desear la vida. Los niños con los que jugaba en aquellos tiempos lo atormentaban en cada oportunidad que tenían, lo escupían, le pegaban, lo insultaban de las formas más retorcidas. Su horrible cara, como desfigurada por el fuego era una motivación para esos niños, era una forma de mantener equilibrada la monstruosidad interna con la externa. Pero Franco, al que obviamente llamaban Frankenstein, era callado y taciturno. Soportaba la vida como quien soporta al invierno.

Un día el invierno terminó y la primavera llegó a sus ojos y a su enorme cuerpo. Veía a la hermosa joven de sus amores desde la ventana, la veía correr y saltar y reír. La vida le sonreía a aquella joven y desde su cueva, Franco empezaba a fermentar su veneno. Su amor se volvió envidia, la envidia se volvió odio, el odio se transformó en deseos de venganza. Cuando la primavera estaba terminando se vengó. La hermosa joven no se resistió, abrazo a la muerte como cualquier otra sorpresa agradable a la que estaba acostumbrada.

El verano llegó y Franco era ya un monstruo. Todo lo bello le producía odio y su soledad solo acrecentó los deseos de venganza. El mundo iba a conocer el terror. Destilaba muerte y por las noches deseaba saciarse. Una de esas noches de calor, en el bosque cercano al pueblo en el que vivía, escuchó a una mujer que evidentemente esperaba a alguien. Franco iba a matarla.
-Hola... escucho tus pasos -dijo la mujer.
-Escucho tus pasos -susurró Frankenstein.
-¿Quién eres? -se estremeció la mujer que no esperaba esa voz.
-¿...eres? -respondió quedamente desde atrás de un árbol muy cercano a la mujer.
-¿Qué quieres? Estoy esperando a alguien, vete ya.
-Estoy esperando a alguien, vete ya -gruñó Frankestein y se abalanzó sobre la mujer como un animal desesperado por el hambre. La mujer tenía una cuchilla en la mano y atinó a estirarlo hacia la cara del monstruo, quien al sentir el filo en la mejilla dio un paso atrás. El tiempo fue suficiente para que la mujer escapara corriendo en silencio.
Pronto se escuchó otra voz en el bosque. Era una voz suave.
-Mariella... ¿estás ahí? -provenía de un muchacho.
Franco, herido, vaciló, se quedó quieto un segundo más. De pronto se escucho la voz de la mujer, no lejos de allí.
-Estoy aquí querido, ven.
-Ya voy mi cielo, ya voy, estoy yendo.
-Aquí mi amor, rápido que estoy deseando verte.
-Te veo querida, aquí, dame un beso.
-¡Toma! -y la mujer clavó la cuchilla en el pecho del joven, quien luego de un par de estertores, murió.
Franco estaba inmóvil aún. Pasaron unos segundos, pronto escuchó:
-¡Y tú! ¡Muchachote! ¿Vas a venir o tengo que buscarte?
Los ojos del monstruo volvieron a encenderse, los deseos de venganza eran diferentes ahora.
-¡Vas a venir o tengo que buscarte! -exclamo Frankenstein al fin y comenzó a caminar.
-Ven... 
-Ven -repitió el monstruo que se acercaba.
-¿Por qué me eludes?
-¿Por qué me eludes?
-¿Acaso quieres matarme?
-¿Acaso quieres matarme?
-¿Por qué repites todo lo que digo?
-¿Por qué repites todo lo que digo?
-Eco...
-Eco...
-¡Eco! ¡Eco! ¡Eco! 
-¡Eco! ¡Eco! ¡Eco!
-Morirás, ¿lo sabes?
-Morirás, ¿lo sabes?
-Odio que se burlen de mi, ¿sabes?
-Odio que se burlen de mi, ¿sabes?
-Tú no entiendes nada.
-Tú no entiendes nada.
-¿Yo no entiendo nada?
-¿Yo no entiendo nada?
-¿Te crees muy listo, asesinando inocentes?
No hubo respuesta. Se encontraban frente a frente.
Ella miro la cara ensangrentada y los ojos de fiera del monstruo que estaba allí. Sintió empatía. El miró los ojos de fiera de la mujer, luego la cuchilla ensangrentada que sostenía en la mano. Sintió empatía...

Llegó el otoño y Franco se miraba en el reflejo de un charco de sangre en el piso. Se rascaba la barba negra y crespa. Tenía más de cuarenta años y en su cueva había huesos y carne podrida. Había una piedra que utilizaba para afilar la cuchilla que le habían regalado. El único regalo que había recibido en su vida. Miraba sus ojos en el reflejo rojo. Estaba cansado y se dio cuenta que ya no había un propósito en la venganza. Lo bello iba a seguir existiendo a pesar de él, él iba a seguir existiendo a pesar de lo bello. 
Empezó a caer la helada, se puso un abrigo de piel de cabra y prendió el fuego. El invierno estaba cerca y también su fin.








30 de mayo de 2016

Fonemas

En español: «Dios nos dio dientes, Dios nos dará pan».
En sánscrito: «Devas adadāt datás, Devas dat dhānās».
En lituano: «Dievas davė dantis, Dievas duos duonos».
En latín: «Deus dedit dentes, Deus dabit panem».

Sé que estoy rematadamente loco, pero ya no me importa quien leerá esto, en realidad, la vida nunca tuvo sentido y solo estoy tomando conciencia de que aunque escribo para no morir, morir tampoco tiene sentido. Tal vez no se entienda del todo lo que hoy estoy escribiendo en estos renglones, tal vez estoy condenado a caer en la absurda cuenta de que el olvido es lo más vasto que hay en el universo.

Sin embargo voy a escribir lo que quiera, por que al fin de cuentas, desde esta misma noche puedo afirmar que estoy irremediablemente ¡loco!

Debo empezar por decir que me resultaba muy interesante descubrir los significados ocultos de las palabras, especialmente de aquellas que creemos que nos resultan conocidas. Disfrutaba enormemente observando como una misma palabra puede significar tantas ideas diferentes dependiendo del país o región en que se pronuncie, del tono de voz y el idioma. De las variables, es el idioma el factor que se presta para una mayor profundización porque en la mayoría de las palabras, y deseo citar la definición de “palabra” de la Real Academia Española para partir de una base común; dice la RAE: “Unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura”; como decía, las mayorías de las palabras tienen una raíz común, una lengua madre, de la que posteriormente se desarrollaron muchos lenguajes. Más allá de lo que implica el estudio del lenguaje protoindoeuropeo, se han comprobado coincidencias en ciertos conjuntos de morfemas y significados en culturas sumamente distantes entre sí, en tiempo y espacio, lo cual hace al estudio de estos fenómenos algo de carácter antropológico, universal, imprescindible pero también desestimado.

Sin embargo, no es la idea hacer un tratado de lingüística, de etimología o antropología, sino simplemente contar lo que me ha ocurrido, pero para poder graficar un poco mejor la situación, debo poner un ejemplo: voy a pronunciar "sta".

Sta... ¡Qué gran verbo!

El comienzo es la palabra "destino", la cual deriva del latín 'destinare', formado por 'de' y 'stanare', cuya raíz es indoeuropea, se escribe 'sta' y significa estar de pie. De la raíz indoeuropea se desprendió posteriormente el 'statos' griego, traducible como “estado” y el 'sthiti' sánscrito que significa “estabilidad”. Cada palabra tiene una profundidad abismal, pero básicamente, “destino” significa, a mi modo de entender y de sentir, mantenerse parado, firme, estable como un arquero frente a su blanco.

Destino es provocar o hacer, lo que, en español, significa estar.

Pero no es esta la palabra la que en las últimas noches revoloteaba sobre mi cabeza, como un insistente mosquito, zumbando en penumbras sus voces oscuras y cavernarias. Ha sido "Ilusión" el motivo de mis desvelos.

Es la maldita ilusión. Ilusión... es la palabra que ha acabado con mi ilusión.

Si bien existe una aceptación del concepto de ilusión como representación que refleja una esperanza, y su cumplimiento nos parece especialmente atractivo, el origen del vocablo y por tanto su verdadera naturaleza, trata de todo lo contrario. Ilusión proviene del latín 'illusio' que significa engaño o burla. Está vinculado con el verbo 'lúdere' (jugar) y probablemente del indoeuropeo '*leid-'. Se trata de una burla, de un engaño, más o menos premeditado, que involucra jugar con lo que otra persona puede o no sentir como importante. Ahora bien ¿Por qué siento que la misma palabra es una burla a mi inteligencia? Y lo más importante: ¿es acaso imposible pensar en algo que no sea un completo engaño, si partimos de que las mismas raíces no significan nada?

Un árbol sin raíces no se puede sostener y cae, a menos claro que el árbol no exista y sea un engaño, una fantasía, una idea y no una realidad. ¿Cómo puedo hablar de un árbol que no existe, de un árbol cuyo significado, no solo no me es conocido, sino, que de serlo, sería algo absolutamente falso?

No quiero caer en la paradoja socrática y absurda de que “solo sé que no se nada”, porque no soy, ni era, ni seré jamás un filósofo, pero, para mí era una locura pensar “no sé nada”, porque sabia muchas cosas, aunque ahora se me hace imposible fundamentar este punto.

Durante el tiempo que duró mi obsesión con esta palabra, simplemente no soportaba la idea de que las cosas no tengan sentido, de que vivamos en un completo autoengaño, en una ilusión autoimpuesta. Día tras día rondaba esta maldita palabra en mi cabeza, cada noche, cada mañana y hora tras hora estaba un poco más convencido de que la realidad no tenía sentido. Por más que me resistiera buscando y rebuscando en viejos libros de etimología, el mundo a mi alrededor no solo parecía una ilusión, sino que mi propia existencia no parecía ser otra cosa que el delirio de una sociedad manifestándose en carne, y por tanto la vida y la muerte carecían de significado real.

Con estas palabras intento explicar lo que sentía, pero debo continuar contando lo que que ocurrió, sin que se piense que experimenté una psicosis persecutoria o algún otro tipo de delirio ¡inexistente! Sé que puedo ser un poco obsesivo, pero es que ésta palabra me ha superado.

En fin, contaré lo ocurrido.

Cuando desperté esta misma mañana, ya tan lejana, me sentí más confundido que en días anteriores. "Ilusión" retumbaba en mi cabeza y a cada segundo la palabra misma perdía sentido, mi existencia ya no lo tenía y mi vida ya no era real. De todas maneras, a fuerza de costumbre me levanté y automáticamente me serví café, fumé un cigarro, miré el reloj pero allí me quedé, sentado en la silla del comedor, observando la taza vacía, la cuchara sucia, las migas en el mantel, el segundero del reloj de pared... La sensación en mi estómago era más fuerte de lo habitual, así que decidí acostarme y resguardarme del mundo exterior, no podía pensar en nada más, casi no podía moverme, pero me esforcé y finalmente me desplomé en la cama. En realidad, luego del café debería haber ajustado mi corbata, acomodar detalles de mi pelo frente al espejo, tomar mi maletín y salir de mi casa hacia la oficina en el centro de la ciudad, como hacía todos los días. Sin embargo no pude. No quise. Como dije, me desplomé sin sentido en mi cama y en la absoluta soledad de la habitación no había más que penumbras, y las palabras, los fonemas, haciendo eco por los rincones, eran sonidos guturales que hablaban de lo real y lo irreal, de la fantasía hecha realidad y el terror de lo inexistente, del cero absoluto, de la absoluta carencia de sentido que tiene la vida. Lo ilusorio y lo real invadían mi mente y me hacía daño tratar de estar “fuerte”, “consciente”. Me dejé llevar, cerré los ojos y todo giró...

Luego de cierto tiempo indefinible abrí los ojos, los mismos que tan cerrados había querido mantener cuando caí derrotado en la cama, como deseando volver a despertar en otro lugar y comenzar una nueva vida. Abrí los ojos, inocentemente, buscando certezas, aquellas certezas que siempre fueron parte de mis días, pero lo que encontré ante mis ojos fue terrible. Vi formas sin forma que se me acercaban, oscuras formas humanoides, veía sus movimientos danzantes a mi alrededor, pero eran indescifrablemente monstruosas y antiguas. Sin embargo una de ellas me tendió una mano, con un gesto indescriptible que parecía ofrecerme algo y yo, aunque dudé, acepté...

Debo decir que el hecho de que aceptara tomar la mano de ese ser oscuro e indefinido, probablemente me provocó la total ruptura con la vida que venía llevando y que nada tiene que ver con lo que ahora he de llevar.

Lo que pasó después tampoco es descriptible en términos científicos o razonables. Sentí que se me quemaban los dedos al sostener esa extraña mano, luego un dolor profundo brotó de mi interior. Mi mente ardió y no tuve conciencia de lo que pasó después. Solo tengo recuerdos de sueños brumosos, oscuros, agrios... Luego hubo un gran cambio en la sensación del sueño y todo dejó de parecer una pesadilla. De ese momento recuerdo el sonido de un riachuelo cercano y un olor... el olor a humedad de la tierra... tenía la absoluta certeza de estar refugiado en una cueva, en una época remota, probablemente prehistórica y estábamos refugiándonos de la lluvia. Es que definitivamente no estaba solo, había seres a mi alrededor, de los cuales solo percibía su aura y una vaga sensación de conocimiento. Me sentía seguro, a salvo del horror, a salvo de la muerte. No podía hablar, ni moverme, pero veía claramente que estábamos en una cueva, había huesos en el piso, dibujos rupestres en las paredes y unos pequeños cuencos de barro en los que había alguna sustancia líquida. Mi mente estaba tranquila, aliviada de cargas y hubiese querido permanecer allí, junto al calor de un fuego que ardía cercano...

Horas después, cuando desperté, estaba atardeciendo y entre mis manos había una vieja cuadernola que utilizaba como diario en mi juventud, era una de aquellas que en mi remota adolescencia, en los días en que todo tenía sentido, utilizaba para dejar constancia de lo que veía a mi alrededor y no entendía. También había un bolígrafo negro en mi regazo. Leí la cuadernola y la releí, sin pensar en la razón por la que esa cuadernola había llegado a mis manos, pero la devoré como un ser hambriento de sentido o sensatez. Descubrí que las últimas hojas estaban libres. Decidí no dejar pasar el impulso que me dominaba y tomé el bolígrafo, a continuación empecé a escribir este conjunto de fonemas que ustedes, sean quienes sean, acaban de leer.

Escribir me devuelve a la realidad, me conecta conmigo mismo. Siempre ha sido igual. Por suerte todavía queda un poco de espacio, solo unos renglones que me dedicaré a completar ahora, pero me reservo el contenido, porque son mis dientes mordiendo el pan que me ha sido dado, es mi propia ilusión y tal vez, mi propio destino. Hasta aquí llega lo que ustedes pueden comprender de sus propias vidas.

En lo que a mi respecta, ya no trataré de vivir una vida con sentido, ni encontraré en la muerte un refugio simbólico de vida eterna, no seré más que un pasto que crece, en una pradera, en un planeta, en una galaxia perdida y olvidada.








30 de abril de 2016

Aquila

-No tengo miedo -pensaba Vari y las palabras hacían eco en su cabeza aún no del todo despierta, no del todo dormida-, voy a dejar que pase. -De ésta forma hablaba hacia adentro, sin emitir un solo sonido hacia la realidad externa y se dejó invadir por el habitual infierno de opresión y asfixia, por la misma sensación de muerte, por su diagnosticada parálisis del sueño que tan a menudo venía sufriendo.

-Hola muchacho... -una voz áspera y profunda hizo eco en la habitación, Vari se sobresaltó, pero no abrió los ojos. -No te asustes... no hace falta... -la voz cavernosa le llegaba a lo profundo de la mente y se mezclaba con el infierno de aplastamiento y muerte que sentía en cada poro de su piel. Tenía miedo, había sido valiente al dejarse llevar hacia su calvario, como aceptando la muerte, pero nunca antes había sentido una voz que fuera parte de la pesadilla de la parálisis; aún así, Vari no se atrevió a abrir los ojos. -Debo pedirte que no abras los ojos... -dijo la voz, lenta y pastosamente-. Vengo del Hades con un mensaje para ti, muchacho... -Vari respiraba muerte de a pequeñas bocanadas, estaba agitado, helado del miedo, tratando de soportar el peso cada vez más agobiante de algo que estaba sobre su pecho; sin embargo, abrió los ojos.

-He dicho que no abras los ojos, niño... te has atrevido a contradecirme... -dijo el amorfo pero pequeño ser, espeluznantemente negro, que estaba sentado sobre el pecho del muchacho, solo sus ojos brillaban y también sus dientes afilados al hablar.

-¿Quién eres? -preguntó Vari, trémulamente y notó que estaba inmovilizado, en su cama, su habitación casi a oscuras.

-Eso no importa... -dijo la voz-. Soy un mensajero... y tu, un niño estúpido... no mereces otra cosa que vivir aterrado de ti mismo, sufriendo por tu incapacidad de ver tu propia alma, incapaz de ver tu potencial... incapaz. Eres un pequeño niño incapaz... -la voz poderosa hacia un eco terrible en el corazón de Vari y un brote de indignación brotó desde lo profundo de su ser y se transformó en palabras.

-¿Vienes como un repugnante ladrón y te dices mensajero del Hades? -susurró Vari, pero la voz creció hasta terminar casi en un grito de guerra- ¿Qué es lo que quieres bestia inmunda? Dime cual es tu maldito mensaje y dime porqué habría de tomarlo en cuenta. Vamos, habla, ¡habla ya y vete!

-Pequeña rata insensata... no mereces tu poder y menos el mensaje... pero debo cumplir mi obligación... y tu, tu destino...

-¿Y qué esperas?

-El mensaje que me ha sido dado es el que escucharás ahora... grande es el señor del inframundo y grande son sus misterios... sus propósitos me son vedados pero he aquí lo que has de saber... <<Aquila es tu verdadero nombre, alto volarás y glorioso será tu vuelo. Verás tus garras atravesando la piel del enemigo y tus ojos verán siempre la victoria. Grandes serán tus hazañas y tu honor, y nadie jamás olvidará tu nombre>> -hubo un grandísimo silencio en ese momento, un silencio que dolía como mil agujas, pero con un tono no tan resonante y pomposo, el pequeño monstruo terminó su discurso-. <<Ahora bien, para cumplir tu alto destino, deberás tomar control de tu propio abismo y para ello deberás asesinar al mensajero>> -la voz se volvió trémula-, <<deberás acabar con quien pronuncia estas palabras...>> -El asfixiante silencio volvió a colmar la habitación durante eternos segundos. 

-Con gusto lo haría si pudiera moverme, maldita criatura, pero apenas puedo respirar -dijo Vari rompiendo el silencio, hablando con mucha dificultad, pero, de súbito escuchó una voz propia, en sus pensamientos y la voz decía "sí, puedo moverme", entonces Aquila abrió los ojos al mundo.

-Estoy solo -dijo al fin. Respiró profundamente, recuperando el aliento, mirando con sus penetrantes ojos la realidad de su habitación, de su cama, de su cuerpo y notó que nadie más que él estaba allí, en la habitación y que la luz de la mañana, tenue, entraba por la ventana. Se irguió, salió de la cama lentamente, se acercó a la ventana y miró hacia afuera; el día comenzaba a brillar a la par de Aquila.




31 de marzo de 2016

Finale Magno

El final de este cuento es maravilloso. Es de lo mejor que escribí en mi existencia, una obra cuyo final es simplemente majestuoso. De hecho no me alcanzan los epítetos para describir semejante magnificencia y estoy totalmente convencido que ni al mismo Cortázar le alcanzarían las palabras.

Sí, estoy muy satisfecho con este cuento, es mi obra cúlmine, mi mayor aporte a la Literatura y sé que el final los dejará atónitos, cerraran los ojos y sentirán esa oleada de dulce amargura, esa euforia aplacada, ese cigarro después del orgasmo. Quiero que sepan que les dedico a ustedes, queridos lectores, este hermoso cuento, nacido de mi creatividad más pura.
Pero como no quiero ser presumido, con la humildad que tanto me caracteriza trataré de llegar a los corazones de todo el mundo a través de una editorial incipiente, unos muchachos emprendedores que merecen ser reconocidos a nivel mundial. A ellos también, les dedico estas letras.

He esperado muchas décadas por este momento. Cuando tenía cuatro años empezó mi ilusión, aquella tarde en la que con mi mejor caligrafía le escribí una carta al dueño de la editorial más importante del país, supe con plena certeza que llegaría lejos. Cómo muchos creen, no fue el hecho de que mi abuelo fuera el dueño de la editorial la razón por la que a los cinco años ya tenía mi primer cuento publicado, sino porque sus asesores, grandes críticos literarios de la época, elogiaron de forma unánime mi primera obra. No hablaré aquí de la grandeza que yo creía tener, porque como saben, soy una persona de gran humildad, por eso me remito a las palabras de esos magníficos sabios que rodeaban a mi abuelo: "Grandioso" decían, "Una imaginación digna de un genio", "Es el nuevo Rogelio Antúnez-Grava" me elogiaban.
Debo decir que en cambio, mi abuelo fue un fracaso como escritor. Lo recuerdo como un anciano muy triste, lleno de esa frustración que genera no haber sido publicado jamás. En su juventud había escrito su único cuento mientras estaba en el barco de emigrantes. Creo que se trataba de la muerte de un marinero en una tormenta eléctrica y había algo sobre una historia de amor como trasfondo. Es decir, un montón de lugares comunes que al presentarlos ante los editores de aquella época, naufragaron irremediablemente. Pero mi abuelo era persistente, como su madre lo había sido al salvarlo de una guerra y a ella dedicó el esfuerzo de crear su propia empresa editorial. De hecho lleva su nombre: Elvira S.A. Elvira había nacido en un pueblo pobre y tuvo once hijos, de los cuales cuatro murieron de hambre siendo muy pequeños, cinco cuando llego la guerra a la provincia y uno por accidente, al caer en un pozo de agua. Mi abuelo, el único que vivió, fue metido en la bodega de un barco contra su voluntad, ya que su deseo era quedarse en el pueblo con su joven amada, pero gracias a la enorme tenacidad de Elvira se salvó de una muerte segura, pues el pueblo fue totalmente destruido por una inundación incomprensible.
En resumidas cuentas, cuando mi abuelo me contaba la historia de sus antepasados, no podía dejar de ver esa enorme tristeza, sentía que su alma estaba incompleta porque a pesar de ser dueño de una editorial, su cuento jamás había sido publicado, siempre le sugerían cambiar esto, cambiar aquello y cuando amenazaba con mandarlo imprimir tal cual estaba escrito, sus asesores amenazaban con renunciar, pero mi abuelo no podía darse el lujo de perder semejantes críticos. Una y otra vez su barco naufragaba y su frustración debió haber crecido mucho, hasta el punto de negar su verdadero afán por ser publicado. "No me importa publicar mi cuentito", decía, "mi verdadero afán es encontrar al próximo Cervantes", e incluso llegué a escucharlo decir "No soy escritor, soy dueño de una editorial, lo cual es muy diferente".
Yo lo entendía, ¡claro que podía entenderlo! No es fácil saber que nadie leerá tus palabras, aún siendo un escritor mediocre, por eso es comprensible que haya tenido una vejez tan triste.

Su última voluntad antes de morir fue que publicaran mi segunda obra, una novela policial que se llama "El azar y la mentira", que aún pueden conseguir en algunas librerías. Tenía ocho años para entonces y he aquí el giro inesperado de éste cuento que aún siguen leyendo. Con la intriga no casual que he mantenido, he aquí la parte inesperada, el sobresalto, el momento en que el corazón se arruga: tenía ocho años cuando falleció mi abuelo. El ávido lector intuirá esa sorpresa muy cerca de su corazón y para aquel que es un poco más lento le diré lo que generó: una revolución.
Mi padre, nuevo dueño de la editorial me preguntó en ese entonces "¿Cuánto demoraste en escribir esta novela?" y yo le respondí "Una hora y media". A los pocos días tenía veintitrés novelas escritas, treinta y ocho cuentos cortos y un poema. El poema nunca fue publicado, porque me daba vergüenza, pero ahora que han pasado unos cuantos años lo saco de la oscuridad a modo de homenaje a la valentía y al despertar de la grandeza que todos llevamos dentro. Incluso de los mediocres.
A continuación transcribiré los versos de mi único poema, para llegar por fin al clímax tan esperado. Por eso, he aquí el poema y sus versos, he aquí la cumbre, ¡he aquí la gloria! He aquí el final de este cuento:

"Yo veo por la ventana
hacia tu floreado jardín
ansío la gran llegada
de tus labios de rubí.

Deseo tanto tu mirada
sediento de morir
por tus manos y en la cara
dibujar tu risa al fin."





4 de febrero de 2016

Todo cambia

Dicen que cuando te cortan la cabeza sientes un dolor inconmensurable durante dos, eternos, segundos. Pero se cree que durante quince segundos más, la sangre y el oxigeno que queda en el cerebro es suficiente para mantenerte con cierto nivel de conciencia, lo que explicaría los movimientos musculares de las cabezas degolladas.

Es horrible lo que escribí, tal vez debería pensar en cosas lindas, como en gatitos y perritos jugando en una playa del caribe, palmeras, cocos y esas cosas.

Voy a hacer el intento. El gatito jugaba con el perrito bajo una palmera en una playa del caribe, mientras yo miraba a la dueña que se agachaba constantemente para acariciarlos. Luego ocurrió lo inevitable, fui hacia ella y sin querer pisé al perrito que estaba echado de lado. Me mordió un dedo del pié y por reflejo le pegué una patada que lo dejó malherido contra una palmera. En ese momento un coco se desprendió y dio en la cabeza del gatito. La dueña gritó y me degolló con la mirada. ¡Que le corten la cabeza! sentí que me decía con los ojos, me fui alejando despacito, sin darle la espalda a esa mujer. En fin, por suerte los animalitos sobrevivieron, yo existí durante menos de quince segundos.

Bien, bien, mucho mejor.



4 de enero de 2016

Amanecer

En la niebla veo tu figura desnuda, contrastando con toda la incertidumbre que te rodea. Estás sonriente, y tus cabellos húmedos se abrazan a tus altivas mejillas. Tus ojos muestran el cansancio y la sabiduría de una vida y están allí, felices, tranquilos, contemplando aquello que tienes de frente, aquello que los años de espera trajeron a tu vida. 
La niebla se dispersa y veo más que tu silueta, tu sonrisa y tu mirada de paz; sé que mi muerte no te ha desamparado y que el largo viaje realizado, valió la pena de toda una vida maltrecha.
Empiezo a escuchar un latido, el sonido es cada vez más fuerte, ahora se mezcla el sueño y la mañana.




27 de diciembre de 2015

Peldaños e indiferencia

A pesar de sus 72 años, el viejo va subiendo la pequeña escalerilla de metal. Peldaño a peldaño va sintiendo oleadas explosivas de intuición y verdades absolutas. Está descalzo, siente el frío en los pies y lo primero que sabe con certeza es que está soñando. Asciende y siente que su corazón se aliviana, ha dejado el egoísmo atrás. Como escamas viejas pierde la falsa humildad, luego el miedo al fracaso y al fin, la envidia. La escalerilla termina, del otro lado está el tobogán. Se sienta y se deja llevar hacia la oscuridad, se desliza inexorablemente hacia la indiferencia.



20 de diciembre de 2015

Winds of changes (Vientos de cambio)

El sueño transcurrió de la siguiente manera. 

En todo momento era de noche. Yo me encontraba en Londres o en algún punto de Inglaterra, tenía mas edad de la que tengo actualmente. Me sentía mayor, más maduro, con mas años vividos en mis hombros, pero no era viejo, no me sentía con la salud deteriorada, por el contrario, diría que estaba en el mejor momento de madurez, en el verano de mi vida. Así se sentía por dentro. Sin embargo estaba en un lugar frío y lejano, en todos los sentidos posibles. Tenía la mente cargada de temas prácticos, de cosas que hacer, de fechas, nombres que no eran relevantes. Estaba absorbido por la vorágine diaria.

En una primera instancia estaba estacionando mi auto rojo en la banquína de una ruta en las afueras de esa ciudad, en una ruta desierta, en plena noche. No tenía ningún motivo para bajar del auto pero lo hice, como presintiendo que iba a ocurrir algo importante en el ambiente. De golpe empezó a soplar viento, era como un tsunami de aire. Viento poderoso que empezó a volar todo lo que había alrededor, carteles, columnas, casas que estaban desocupadas, basura, todo volaba. Mi auto voló destrozándose contra otros objetos a lo lejos, lo perdí de vista mientras me aferraba con toda mi fuerza a un cartel de STOP que se mantenía firme. Era imposible que lo hiciera, no es coherente, pero es un sueño, y en este sueño específicamente, representa mi resistencia al cambio, mi energía conservadora, que no se deja llevar por la circunstancia a causa del miedo a lo desconocido.

Aferrado al cartel, veía como todo era arrasado a mi alrededor, nada quedaba en pié. Ruinas, basura, objetos indefinidos volando, y lo único que sobrevivía era yo y mi poste. Con mis pies levantados del suelo, volando al aire, agarrado con mis manos que se cansaban, me resistía con instinto de supervivencia, con adrenalina, con rabia.

No aguanté mas y me solté, el cambio me ganó la pulseada.

En una segunda instancia, como si hubiese pasado un par de horas, me encontraba caminando por el centro de la ciudad, observando el desastre que se había provocado. El viento había parado. Me sentía tranquilo, con esa sensación post-eufórica de liviandad, y en este estado me comunicaba a la distancia con personas cercanas a mi, personas que no estaban presente físicamente, pero que parecía que me hablaban desde muy cerca. Parecía telepatía. Les decía que se queden tranquilos, que yo estaba bien, que el auto no era importante y que iba a buscar un lugar donde descansar. Mientras tanto, caminaba por un camino costanero al río de la ciudad, mirando los escombros flotando, yéndose lejos, y la luna mirando llena entre las nubes.

Me desperté sintiéndome bien y lo recuerdo como un buen sueño. 




16 de diciembre de 2015

Descripción perfecta

Un marinero está en un barco infinitamente pequeño, perdido en un océano infinitamente inmenso, en medio de una tormenta cruel. 

En plena noche el barco sube y baja cientos de metros, se hunde entre las olas en precipicios de agua, para luego emerger y posarse en la cresta de una de ellas, toca el corazón de la tormenta, con horror parece flotar en la electricidad, y luego vuelve hundirse. Solo ilumina la negrura de la noche los rayos y las centellas. El viento estruja el corazón del marinero, el más duro de la tripulación, late, está vivo.

Tiempo después la calma absoluta, el océano quieto, inmóvil. El aire estático y el sol brillando tenue a lo lejos. El mismo marinero se aburre en su camarote, luego se duerme y la vida sigue un poco más.




3 de julio de 2015

Impotencia

¿Como describir lo que siento? ¿Como hacerle entender a alguien lo que pasa por mi cabeza?. Creo que con palabras como dolor, angustia, rabia e impotencia debería bastar. Pero no alcanza. Tampoco es que resuelva el problema diciendo que siento un poco de cada cosa, o todo junto a la vez, porque no es así. Yo no soy escritor, nunca se me había pasado por la cabeza escribir, pero en este instante es mi único deseo, para poder desalojar el monstruo que guardo dentro, el monstruo que no se describir. Necesito sacarlo fuera y así esperar la muerte preparado.

Si tan solo pudiera escribir...

Tal vez la mejor manera seria contando lo que me pasó, o lo que creo que me pasó. Para empezar debería decir que siempre fui un niño con suerte. Desde pequeño todo parecía ser feliz, mis padres me daban todo lo que yo quería encaprichadamente y siempre pedía mas. Era el típico hijo único de familia acomodada, caprichoso y egoísta, el que se burlaba del feo, el que salía con la chica mas linda. Nunca creí que ser modesto era lo correcto, por eso creo que es justo decir que era lindo y que por eso tenía a la chica que quería. O tal vez era mi dinero lo que las llamaba, quizás las dos cosas. También tenía muchos amigos, supongo que tenía facilidad para hacerlos reír, el caso es que era el centro de atención en el grupo de amigos en que estuviera. Eso, por supuesto, hizo crecer mi ego y mi arrogancia.

Con el tiempo me di cuenta que estaba mal molestar a alguien porque fuera mas tonto, mas feo o mas gordo que yo, pero no pude evitar seguir haciéndolo, porque necesitaba de la atención de los demás, se había convertido en una droga para mi. Algo que no controlaba, y algo que me hacia sentir bien. Necesitaba el poder de la aceptación, y ahora me avergüenzo al admitirlo.

Igual en este momento no importa. Porque lo que marcó mi vida, lo que me puso en la situación en la que estoy hoy, fue una circunstancia casual. En otras palabras, tuve mala suerte. Es como si para compensar toda mi fortuna algo malo y desgraciado tuviera que pasar. Hoy, todavía, trato de recordar como fue que ocurrió, trato de revivir los detalles de ese día, y de esa escena sangrienta, pero en vez de encontrar alivio y paciencia para seguir, siento como si rascara con mis uñas una herida abierta, que en vez de sanar, se agiganta más y más. De todas maneras me voy a esforzar y describiré ese día tal como lo recuerdo, aunque eso me fastidie aún más por ser tan injusto y por dejarme tan impotente ahora.

Aquella mañana desperté desorientado, abrí los ojos, levante la cabeza, me incliné hacia el costado de la cama y vomité. Incluso después de terminar me sentía horrible, parecía que mi cerebro y mi estómago fueran a explotar. Era una de las peores resacas que recordaba. Estaba completamente exhausto y confundido, así que me giré para seguir durmiendo y entonces la vi. Era la vecina de enfrente, y no logré recordar nada de lo que había pasado la noche anterior. No entendía porque estaba desnudo durmiendo con una mujer que me doblaba en edad.

Asqueado y aún más confuso que al despertar, traté de salir de la cama sin que ella se despertara, pero tuve nauseas y tropecé. Caí sobre un espejo enorme que se partió en mil pedazos y me abrió la piel arriba del codo. En ese momento descubrí que esa zona del cuerpo sangra mucho, que no estaba en mi casa, que tendría que pagar un espejo carísimo, que se despertaría la fea mujer y que tendría que explicarle que todo había sido un error. Me senté en el piso chorreando sangre, abrumado por la realidad que se había agolpado en mi cabeza, y aunque me avergüenza decirlo, no pude evitar orinarme encima. Recién en ese instante me sentí un poco mejor, más consiente. Levanté la vista y sin pretenderlo mire la hora, tendría que haber entrado a trabajar hacía dos horas. Luego miré la cara ojerosa de la vecina y comprendí que ese iba ser un mal día. Lo que no sabia es que iba ser el peor de todos.

Media hora después salía de la casa con mucho dolor de cabeza, el brazo vendado pero aún sangrando y el ojo hinchándose por el puñetazo que me pegó la mujer. Decidí irme directamente a trabajar, iba a tener que soportar las bromas de los compañeros que me odiaban y eso me enfureció más. Es que no estaba acostumbrado a tener que soportar tantos problemas juntos, ya era demasiado lo que me había sucedido. ¿Que más me podía pasar en un solo día? Me acuerdo que iba pensando eso mientras cruzaba las calles apurado.

A partir de este punto mis recuerdos se vuelven intermitentes. Hay cosas que vagamente recuerdo, otras con más detalles. El sol.., si el sol me estaba sofocando, no había sombra por ningún lado, yo traspiraba y sentía mi hedor, pero ¿porque estaba caminando?... yo iba siempre en ómnibus al trabajo.. no recuerdo bien eso. ¿O si?, me acuerdo que antes estaba en la parada, y un viejo que pasaba me dijo altanero que ese día no había transporte, que había huelga. Después me siguió hablando, discutía conmigo sobre lo mal informada que estaba la juventud, y me gritaba mientras yo empezaba a alejarme... ¡Qué enojado estaba yo en ese momento! Seguí caminando pero pisé una baldosa floja y mi tobillo se torció. Ahora iba rengueando, sangrando y transpirando por el sol que me daba de frente... Trataba de apurarme por lo que no vi la luz roja... solo miré a la izquierda para cruzar pero era tarde... ahora puedo recordar la cara del chofer del ómnibus, que seguramente venia Expreso por el paro... Me miró haciendo un gesto estúpido, como entreabriendo la boca...

Después de eso solo recuerdo 3 sensaciones, nada mas. La bocina retumbando estridentemente en mis oídos, como un zumbido que crece de golpe. Los pinchazos profundos en las costillas y en las piernas, junto al crujir de mis huesos. Y como una picazón en la cabeza, provocada por el rebote que dio contra el metal del vehículo y el asfalto.

No sentí el dolor por mucho tiempo y después vino la negrura que todavía me rodea. Fueron dos segundos y me duele recordarlos aun hoy. Tal vez pasaron años del accidente, en realidad se me hace imposible recordar cuanto tiempo hace que estoy así, porque el golpe en la cabeza me dejó parapléjico. No puedo sentir nada, estoy ciego y sordo, soy incapaz de moverme y perdí el sentido del tacto. Estaré confinado en mi mente hasta el día en que muera, si es que todavía estoy vivo. En todo caso no es algo que pueda controlar.

Creo que decirme a mi mismo todo esto debería desahogarme, debería ser un alivio. Pero no lo es. Trato de imaginar donde está mi cuerpo, pero es algo inútil, no me provoca satisfacción imaginarme en este estado, así que prefiero imaginar otras cosas. Por ejemplo imagino que escribo sobre lo que me pasó, que la gente me escucha y que yo me siento mejor. Pero no es así. Sigo estando en la misma oscuridad de siempre, sintiendo lo mismo, y todavía no se describirlo. ¿Acaso bastara dolor, angustia, rabia e impotencia?




28 de junio de 2015

El turno

Era noche cerrada y yo seguía esperando, cruzado de brazos con los ojos en el camino. Desde mi silla mecedora acumulaba alcohol en las venas, sangre en los ojos, esperando... esperando. Esperándola. Horas pasé frente a la ventana, siglos enteros con los ojos fijos en el camino, en el caminito de piedras de la entrada. Con tanta dedicación habíamos construido este hogar, ladrillo a ladrillo, habíamos plantado las semillas que crearían este jardín hermoso, geranios, petunias, hortensias y en el centro, el caminito hecho con piedras pulidas, hermosas piedras que elegimos una tarde ya lejana, lo atravesaba como un puente que nos llevaba del gris y rutinario mundo, al mundo de fantasía que habíamos creado. 

Estos pensamientos eran una nube en mi cabeza, recuerdos felices, llenos de amor y compañerismo, de arduo trabajo, y ahora, ahora venía la tormenta. Como cuando el viento viene cargado de electricidad y trae nubes negras, llenas de agua y odio. 

Relámpagos estallaron en mi cabeza, ¡La vi! ¡Yo la vi! No hay forma de evitarlo. Sé lo que vi. Era un tipo alto, tenía bigote, tenía corbata. Vi sus asquerosas manos sobre las de ella. No podré olvidar nunca sus miradas eléctricas, su abrazo apretado, tan apretado para ser amistoso. Pura ¡Pura! Yo creía que era pura, y no era cierto. Desde la vereda de enfrente yo iba a sorprenderla, iba a agitar mis brazos frente a la puerta de su trabajo ¡Yo iba a abrazarla! ¡Yo iba a besarla! Por suerte no la besó, por suerte. Pero ese repugnante contacto me bastó, me fui sin ser visto.

Luego viene la nube negra, la siento en mis pensamientos: yo soy su hombre, yo soy su hombre... Ella es mía, mía, de nadie más... ella era mía... 

Sigo hamacándome en mi silla, la sigo esperando, no puedo más. ¡No! ¡No puedo! Atrevida, me quiere hacer creer que está con su amiga. Pero no, yo sé la verdad, la intuyo, la siento como un fuego que sube desde mi estómago, está con él. Está con el y la tormenta se viene. Empiezo a escuchar las ráfagas sibilinas, se mezclan con mi huracán interior, pero estoy decidido: prefiero sentir culpa a sentir celos. Esta noche se arregla todo. Ya está empezando a llover. Siento un rayo caer cerca. Ella viene apurada por el camino... Es mi turno.



21 de junio de 2015

Después del golpe, nuevas cosas

Antes de llegar a la adultez sufrió uno de esos golpes que la vida tiene preparados desde nuestro nacimiento. No viene al caso lo que provocó el golpe, sino las consecuencias. En efecto, la metamorfosis que lo llevó a transformar su mente adolescente en la de un hombre grande, comenzó el día en que acurrucado en su cama, tapado con todas sus frazadas sintió un profundo dolor. 

Una puñalada constante en el pecho, una implosión catastrófica desatándose en su interior era lo que sintió, aquella, la noche mas larga que había tenido.

Con el corazón y la mente desarmada miró hacia un costado. La habitación reflejaba su estado, botellas con nombres raros tiradas en el piso, papeles y ropa arrojados por todos lados, que junto al olor a encierro y los grafitis rocanroleros que había hecho tiempo atrás, conformaban un escenario dantesco. Allí, próxima a la puerta estaban las latas de pintura en aerosol. Con ellas había adornado muchas esquinas, muros y paredes, había dejado frases en lugares estratégicos, y ahora, esas latas eran su salvación, como siempre habían sido.

Luego miró hacia adentro y vio que brotaba de entre enredadas raíces negras, un haz de luz. Era la fe y la esperanza. 

Supo que allí, en ese momento, en ese lugar, había un final, y que después de todo desenlace, vendría un nuevo comienzo. Así que decidió dejar salir al monstruo. Esa noche, la más larga que había tenido, salió, a pesar del terrible frío de la calle y se dirigió al cementerio. En el muro que daba hacia la avenida grafiteó lo siguiente: 'COMIENZO Y FINAL: SOLSTICIO DE INVIERNO DE 1973' y más abajo 'TODO ESTÁ PERDONADO'.

Con lagrimas en los ojos contempló las letras, el sol estaba saliendo. Ese 21 de junio su carga se alivió y quedó espacio para nuevas cosas.



12 de junio de 2015

De la pecera al mar

Para Boddah:

Ojalá tuviera una máquina del tiempo para enmendar mis errores y mitigar esta culpa. Ojalá fuera cierto que el tiempo cura todas las heridas, no, no funcionó conmigo. Ojalá estas venas no estuvieran abiertas, pero lo lamento, he fallado. Por último, espero que estés equivocado, que la muerte sea eterna y no exista el Karma. 

No, no quiero que existas.



24 de abril de 2015

Caída en la avenida

Como siempre suele ocurrir, son las desgracias, las cosas feas, las que nos hacen cambiar; mutar en mejores o peores, nos dan la posibilidad de crecer o empequeñecer, y es que siempre que ocurren, algo podemos aprender de ellas.

Parece que fue ayer cuando pasó lo que les voy a contar, aunque hace años que ocurrió. Imagínense, iba camino a la escuela, así que fue hace un par de siglos. Fue en ese entonces cuando tuve la brillante idea de ayudar a un ciego a cruzar la Avenida Vladimiro Rojas. 

Yo era un niño tímido, pero valiente (pregúntenle a la vecina que tenía un perro llamado Goliat, a ver que les cuenta) y siempre que podía demostrarlo no dejaba pasar la oportunidad. Esa mañana, como les decía, iba camino a la escuela cuando con una expresión hidalga en la cara, ayudé al ciego y cuando llegué al otro lado ya estaba completamente decidido a dar un paso más y convertirme en un superhéroe, para combatir el mal y ayudar a los más necesitados. 

Esa misma tarde luego de la escuela, me dediqué a lo que creía fundamental en la transformación heroica de mi ser: hacer el disfraz. Con una tenacidad supersónica, propia del entusiasmo infantil, me dediqué primero al antifaz, hecho con una cartulina negra y un elástico pintado del mismo color, luego me infiltré sin ser detectado en la casa de mi abuela, que vivía en la misma calle y "tomé prestada" una cortina roja, roja furiosa, la cual se convirtió en mi capa. Después me sumergí en una búsqueda en las profundidades de mi ropero, hasta que encontré mi pijama viejo. Me quedaba chico, muy ajustado, pero me sentí tan poderoso como se sentirían los héroes en los comics, con esos trajes pegados al cuerpo.

El pijama era blanco con dibujitos de cohetes (de los espaciales) y estrellas, por lo que cuando me vi al espejo con el cinto de mi padre, los guantes rojos de lavar los platos, de mi madre y mis botas de lluvia, sumadas a la capa y el antifaz, era evidente que desde entonces sería Rocket Man. El Hombre Cohete. Capaz de volar a la velocidad del sonido y hacer explotar  con los rayos laser que salían de mis ojos a todos los villanos que me encontrase.

Esa misma tardecita, decidí ir a visitar a mi mejor amigo que vivía a pocas cuadras. Con mi disfraz puesto y mucho coraje, llegué a la esquina y al ver a un ancianito que llevaba bastón, me dirigí solemnemente a cumplir mi primera misión. Le pregunté al viejito si quería que lo ayudase a cruzar, a lo que respondió con un "¡Oh! ¡Si! ¡Un Superman!". "No señor, yo soy Rocket Man" le dije respingadamente y esperamos la luz verde. 

Cuando el semáforo cambió empezamos a cruzar, pero en la mitad de la avenida, el abuelito trastabilló y el bastón cayó al piso. Él afortunadamente se mantuvo en equilibrio y yo en un gesto de heroicidad me agaché para levantar el bastón, pero algo salió mal. Fue en ese momento que sentí un ruido de tela rasgada y mucho aire en mi trasero; era el momento de la derrota llegando a mis espaldas.

Este tipo de vergüenzas son siempre amargas, más aún en este caso, porque a la vista de todos los automovilistas quedó expuesta mi vulnerabilidad, mi verdadera identidad humana, tan convencional como cualquier otra. Por lo que fue así camaradas, que llegó el fin de Rocket Man. Fue un golpe duro, pero puedo decir que fui  superhéroe por un día.




18 de abril de 2015

Levando anclas


En Nápoles conocí a una hermosa griega, y juntos viajamos a Andalucía, pues queríamos conocer el Tajo de Ronda malagués. Fue allí que decidimos viajar a América y en Buenos Aires nos quedamos. Nos casamos y encargamos un bebe a una loca cigüeña que pasaba, pero por esas cosas de la vida, nació en Montevideo. Allí, frente a la rambla, vivimos muchos años hasta que nuestro Carlitos se independizó, fundó una empresa de viajes, "Ecotour" y nosotros decidimos continuar nuestro camino. Estuvimos en Nueva York, Liverpool y luego Kiev, y allí permanecimos.


Fue en esos años en que nuestro hijo Carlitos viajó por todo el mundo, y en breve tiempo conoció el doble de ciudades que nosotros. Pero Kiev le seguía quedando pendiente, tal vez porque una aguja le pinchaba el corazón cada vez que pensaba en sus padres, tal vez porque no fuimos los típicos papás anclados a la rutina y el hastío que él, a pesar de todo, podría esperar.


Igualmente algo ha cambiado en él, y vendrá a visitarnos esta semana. Estamos algo nerviosos, porque nos dijo que quiere quedarse aquí, con su familia, pero nosotros ya estamos planeando el próximo viaje.





4 de abril de 2015

Paredes y espejos

Un día Ernesto escribió un libro y el personaje de ese libro era escritor y le pasaban muchas cosas que a Ernesto también le habían pasado y estaba escrito con el corazón y cuando lo terminó se sintió bien.

Ernesto no era escritor, pero escribía. Había momentos en que sentía una presión como ajena y cuando quería acordar estaba con su cuaderno inventando historias y personajes, pero la mayor parte del tiempo hacia otras cosas y con sus historias no hacía nada, quedaban fríos en sus cuadernos. Era pintor de paredes, tenía un perro y le gustaba comer fideos con queso, de su vida no había mucho más que contar, hasta que llegó una mala temporada. Llovía mucho, había mucha humedad, no se podía pintar afuera y por eso pasaba mucho tiempo solo en su pequeña casa. Ya las paredes vacías comenzaban a reflejar su blanco hastío, cuando en una película algo se movió dentro de él. La película que Ernesto vio esa noche se trataba de un escritor, un perdedor que había escrito un libro exitoso pero que luego de 20 años no había escrito nada más porque no había vivido nada más. Se sintió identificado, y la vacuidad que sentía el personaje se fundió con la de él. Cuando la película llego a un nudo y a un final y terminó, el también llegó a un nudo, a un final y terminó.

Eran las tres de la mañana cuando apagó la televisión y terminó con su vida. Murió alegóricamente, dejó detrás su cascara hueca y salió a la calle. Allí se encontró con la vida. Estaba en la esquina a pocos metros de su casa, con forma de mujer. Ella lo miró y él se acercó. Le dijo que no tenía plata pero que solo quería salir a pasear con ella. Ella le respondió que no, porque estaba trabajando, pero que venga al mediodía que lo iba a esperar. El hombre deambuló por la ciudad como un fantasma borracho, se hizo la mañana y el mediodía y allí estaba él, en la esquina de su casa, esperando por su compañera, que nunca llegó. Con su soledad agigantada volvió derrotado y con sueño a su pequeña cama. Se durmió y soñó con niños que leían sus cuentos y le decían que querían ser escritores, como él.

Cuando despertó se puso a escribir, pero tardó 20 años en escribir un éxito y después murió. Pero he aquí que el éxito que escribió lo hizo famoso en todo el mundo y un día hicieron una película basada en su libro, y el actor que interpretaba el papel principal, el del escritor que quería publicar un éxito, se identificó mucho con el personaje, porque él también quería ser famoso. Su actuación fue memorable, y aunque nunca volvió a actuar a ese nivel, ni ha recuperado la fama que logró con la película, su papel le dio vida a la película, un brillo especial. Ese brillo fue el que inspiró a volver a escribir a una mujer que hacía mucho tiempo que no escribía y no era famosa, y no quería serlo. De hecho la mujer se sentía muy sola y volver a escribir la llenó tanto, que murió feliz, alegóricamente, por supuesto.


Claro que los poemas que escribía esa mujer, debieron ser editados, debió ser famosa, pero lamentablemente el resto del mundo se perdió de sus rimas. El punto es que la mujer soltó su cascara hueca y decididamente salió a la vida con un nuevo objetivo, conocer a Ernesto. Nunca lo encontró porque ya estaba muerto, pero en realidad se habían conocido una noche ahora lejana.